16.12.14

Texto antología "La Ópera" 5 1930


    1930
   
Mientras La ópera de los tres centavos ponía Berlín en pie y Porgy and Bess se estrenaba en Nueva York y Boston, una nueva generación de estrellas del canto había ido apareciendo entre las sombras para que nada en el mundo de la escena siguiese siendo igual. Un día de 1927, el cine -ese adolescente de fuerza descomunal que tanto revuelo había armado ya, hermano de la ópera, el teatro y la fotografía- apareció un buen día en el Olimpo de las artes con una noticia extraordinaria, una novedad inesperada y desconcertante que iba a cambiarlo todo para siempre: gracias a milagros del incansable progreso, las películas no tenían por qué ser mudas nunca más. Pocos se atrevían a asegurarlo entonces, pero el efecto de este asombroso avance iba a ser titánico. El cine siempre se había acompañado de aliados musicales  -desde hacía tiempo, grandes hombres de la composición como Saint-Saëns o Prokofiev venían colaborado con directores pioneros- pero, desde que El cantor de jazz arramblara en las taquillas con su demostración de que las figuritas de la pantalla podían ahora hablar y cantar, la década de 1930 hubo de afanarse en una total remodelación de funciones y habilidades. Como en un extraño y destartalado renacimiento de las artes, hubo que volver a decidir quién podía hacer qué. Con el imperio de Hollywood a la cabeza, las tribus de todos los estudios cinematográficos se sumieron en una tormenta de consternación y, mientras el teatro y la ópera se recuperaban del susto, el reino de la pantalla se tuvo que reinventar de arriba abajo, cambiando el alma de los guiones, los hábitos de rodaje, la complicidad entre imagen y música y, sobre todo, las destrezas de los actores.
Entre estos últimos –los actores-, pasó de todo. Algunas glorias de la antigua etapa no pudieron resistir el terremoto y se resguardaron del mundo en lujosos y tristes guardamuebles con piscina y minibar. Otros sorprendieron hasta a sus propios agentes con desconocidas y excelentes voces, llenas de color e inflexiones. Pero en la cumbre, como nueva estirpe, aparecieron los intérpretes que no sólo sabían declamar, sino también cantar y bailar: ídolos indiscutibles para los que la nueva industria necesitaba ahora un experto ejército de compositores con buen tino. El género del musical -en el que Gershwin y el recién emigrado Weill eran expertos- se reveló entonces como una inagotable mina de ideas, un laboratorio sin descanso, repleto de expertas recetas y comprobados éxitos que Broadway había mantenido a prueba semana tras semana. Fred Astaire o Judy Garland no apostaban por la técnica de los cantantes de ópera, pero los micrófonos recogían sus voces con un encanto y cercanía arrebatadores, y además, frente a suntuosos despliegues de cámaras, eran capaces de danzar como si volasen. Sus elegantes inflexiones y movimientos quedaban capturados para siempre y, por el razonable precio de una entrada, se los podía ver en veinte ciudades a la vez.



La suerte estaba echada. Todo el que quisiera seguir contando historias a la gente tendría que asumir que el tablero había cambiado. 




























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