16.12.14

Texto antología "La Ópera" 3 1887

1887
Tras el faraónico estreno de Aida, obra gigantesca desde su primera confección hasta el recuento final de aplausos, Verdi se despidió de los escenarios operísticos y se retiró en pleno éxito para ocuparse de otras cuestiones de la vida. Quería apartarse de los teatros y periódicos, dejar de oír las diarias y molestas comparaciones con Wagner, ser senador, decir adiós con tiempo y calma.
La decisión estaba tomada pero, de nuevo, amigos y colegas llamaron a su puerta, resueltos a convencer al septuagenario de que importantes cosas quedaban aún por cantar. Dieciséis años después del estreno de Aida, dos visitantes llegaron a su villa con un misterioso cuaderno bajo el brazo: el primero se llamaba Giulio y pertenecía a la dinastía editorial de los Ricordi; el segundo era Arrigo Boito, brillante músico y escritor de enorme talento para la edificación de libretos. Su presencia era importante y bienvenida pero ambos sabían que era un tercer invitado el que podría despertar al compositor de su firme e inquebrantable invierno: en el cuaderno, con esa aureola rara de los genios verdaderos, traían escondido el único nombre capaz de derrumbar la muralla de cobijo y desinterés levantada por Verdi. William Shakespeare, el maestro de lo humano, apareció de entre las hojas del cartapacio y se sentó entre los tres caballeros, comprobando con alegría que a él Giuseppe Verdi no iba a decirle que no.
Otello nació así en un memorable conjuro donde la fascinación y ciertos asuntos que el músico aún sentía pendientes, se conflagraron con la astuta artimaña tendida por Riccordi para que su compositor estrella volviese a escribirle una ópera. Verdi tenía setenta y cuatro años y resultó estar más en forma que nunca.