14.3.13

ALBACETE, 20/3/2013. 20:00hs. Auditorio Municipal


Opinan sobre Laia Falcón

Ejemplos en audio o vídeo
Youkalide Weill y Brecht u otras en SounCloud

Notas para el programa y programa.
Mahler y su tiempo.
Recital de voz y piano.
El arte de la melodía infinita

De la mano de Gustav Mahler el canto alcanzó una de sus más esbeltas y radiantes cimas. Aunque nunca llegó a escribir una ópera, su prodigiosa y conmovedora colección de obras para voz -poemas orquestales, sinfonías y, sobre todo, canciones de recital, como las que escucharemos esta noche- reluce hoy entre los grandes tesoros del patrimonio lírico: en el amanecer del siglo XX, cuando los teatros y auditorios de Europa se preparaban para huracanados tiempos de ruptura y experimento, la escritura de Mahler supuso uno de los últimos y más brillantes modos de entender la voz humana como un instrumento de vuelo, calidez y línea.
En la Viena de aquel cambio de siglo -dorado escenario de entusiasmo y búsqueda, donde las artes y las ciencias se enredaban en apasionadas tertulias y noches de insomnio- Mahler destacaba como un titán solemne y admirado: le fue encomendada la dirección de la Ópera Imperial –ya entonces una de las compañías más prestigiosas del mundo- y, como compositor, compartía con Richard Strauss el honor de haber llevado el colosal arte de Wagner hasta los más insospechados terrenos de expresión y magnificencia. Su ejemplo enmudecía a los fieros jóvenes de la vanguardia más radical, escandalosos autores como Arnold Schoenberg o Alban Berg, que acudían a su consejo con la callada emoción de quien visita a un sabio. Hasta las avenidas de la ciudad parecían a veces ruborizarse a su paso, entre suspiros y cuchicheos de cocheros y paseantes que, al verlo, contenían la respiración y señalaban con la mirada: “ése, ése era Gustav Mahler…”

El programa de esta noche propone un paseo por aquellas calles y salas de concierto: ese glorioso capítulo de la Belle Époque en el que Europa respiraba tranquila, entre inventos prodigiosos y desbordantes sombreros de plumas, feliz al estrenar un siglo nuevo tan lleno de maravillas y esperanzas. El mundo aguardaba ilusionado la botadura de una ciudad navegante llamada Titanic y el cine dejaba las barracas de feria para instalarse, con sus mudos héroes, en refinados teatros de luces y sombras. Por fin había terminado la terrible contienda franco-prusiana y nadie sabía aún de esa pesadilla desgarradora –llamada después Primera Guerra Mundial- que acechaba, como un monstruo rapaz, a la vuelta de la esquina. Los jóvenes artistas se reunían en cafés y buhardillas de toda Europa, entre nubes de humo y carpetas de bocetos, para tramar nuevos tiempos del punto y aparte: venían decididos a que las convenciones de forma volasen por los aires y a que una nueva fiebre de lienzos retorcidos y estridentes partituras se instalase en paredes y auditorios, retratando lo humano como ellos realmente lo veían.

Las canciones que vertebran la primera parte de este programa quieren recordar ese mundo de innovación musical: esa Viena del relevo de siglo que escuchaba a Mahler como un maestro incuestionable, capaz de reunir el legado del XIX con nuevas y desconcertantes armonías de cambio. El Postromanticismo de Mahler y Strauss -y, en cierto modo, también de su discípulo Alban Berg- heredaba de Wagner aquella melodía sinuosa y amplia que se entrelazaba hasta el infinito con los versos del poema: esa línea ondulante y espléndida, que ellos desarrollaron aún en un vuelo más flexible y expresivo, y que parece bailar en estos Lieder. Como homenaje a ese capítulo de cierre del universo romántico, hemos escogido, entre las más conmovedoras y visitadas canciones de estos tres colosos, piezas dedicadas a esa situación única y arrebatada que es la declaración de amor: encontramos así confesiones francas y triunfales, como en Liebst du um Schönheit, Zueignung y Cäcilie; vibrantes retratos del insomnio más apasionado, en Erinnerung o Die Nachtigall; y delicados juegos de cortejo en frescas noches de verano, tal y como nos canta la brillante Ich ging mit Lust… Sus melodías, tan sensuales y amplias, consiguen fundirse con nuevas texturas de innovación: aunque -en estricto pacto de honor con la belleza- encuentran siempre el más luminoso y aterciopelado despliegue para la voz, saben también jugar con extrañas brisas de cambio traídas por el piano, como anuncios de tiempos modernos que no temen a la disonancia ni a la atonalidad.

Gracias a adelantos como éstos, la música del siglo XX progresaría hacia nuevos mares de rareza e invención: poco a poco, Viena se iría convirtiendo en un fascinante y ajetreado laboratorio de números y líneas puntiagudas, una ciudad nueva donde las tardes de concierto pasaron a convertirse en ruidosas visitas a un planeta desconocido. Buena parte de la vanguardia austro-alemana se consagraría desde entonces a la ruptura total con las antiguas querencias del público y a la profunda búsqueda de un tipo de música que sonase distinto a todo.

¿Quería esto decir que aquel vuelo interminable de la hermosa melodía mahleriana había llegado a su fin? ¿Renunciaba el siglo XX a aquellas otras conquistas de belleza y emoción alcanzadas tras el Romanticismo? No, desde luego que no. Mientras las severas y humeantes escuelas de composición de Viena trazaban sus nuevas recetas, otros auditorios y teatros del mundo eligieron seguir viviendo en aquel envolvente arte del canto puro y la melodía cercana. La segunda parte de esta velada está dedicada al vínculo que esas otras escuelas de principios de siglo mantuvieron con la gloriosa línea postromántica defendida por Mahler: cotidianas visitas al folclore popular, a las escenas y las emociones más familiares y reconocibles y, por qué no, a esas canciones de fácil recuerdo que, - desde un nostálgico vals vienés o tras las cortinas de un café gaditano- ayudaron a hacer el siglo XX menos amargo y cruel.

Mahler amó profundamente las raíces folclóricas de su tierra; escenas de vida y de muerte que supo recoger en sus canciones con un lirismo delicado y, a la vez, sorprendentemente veraz: lo vemos en esa pieza asombrosa que es Das irdische Leben, donde, en una aldea asolada por el hambre, un pobre niño solloza a su madre por un trozo de pan que sólo llega cuando ya es demasiado tarde. Su estela vibra intensamente en canciones como Kaddisch de Ravel, ese canto fúnebre judío procedente de unas raíces a las que Mahler, para poder ser nombrado director de la Ópera de Viena, tuvo que renunciar públicamente. Y late también, sin duda, en esa pieza asombrosa que el joven Manuel de Falla compuso en 1914 sobre el conmovedor poema de María Lejárraga, cuando tantas madres rezaban de noche para que sus hijos no muriesen en las garras de la guerra.

Aún en este universo de lo popular, el amor por aquellas melodías de vuelo ágil y esbelto se mantuvo también en otros barrios: brillantes mundos de abanicos y burbujas, consagrados al canto romántico, de línea envolvente y pegadiza hasta lo imposible. Ésta fue, sin duda, el alma de esa otra Viena coetánea a Mahler: la de las noches de opereta y vals, representadas aquí por el espíritu inconfundible de Lehàr, con sus vivas canciones, exuberantes y nostálgicas como grandes ramos de rosas. El siglo XX crecería también con estas melodías, venidas de la radio, del cine y de vaporosos teatritos de risas y lágrimas. Muchas ciudades heredaron su pasión, manteniéndola en versiones propias de este canto infinito, suave y ondulado: las décadas se irían engarzando y el mundo cambiaría aún mil veces, pero -así nos lo confiesan Tus ojillos negros o esos dos últimos valses de Poulenc con los que se despide este recital- la memoria volvería una y otra vez a aquellas canciones de antes, de melodía amplia y recuerdo imborrable.
Laia Falcón

Richard Strauss:
Zueignung (“Dedicatoria”, Hermann von Gilm)
Gustav Mahler
Ich ging mit Lust durch einen grünen Wald (“Caminaba alegre por un verde bosque”, texto anónimo, canción popular)
Erinnerung (“Recuerdo”, Richard Volkmann)
Alban Berg:
Die Nachtigall (“El ruiseñor”Theodor Storm)
Gustav Mahler
Blicke mir nicht in die Lieder (“¡No mires mis canciones!”, Friedrich Rückert)
Liebst du um Schönheit (“Si amas la belleza”, Friedrich Rückert)
Richard Strauss:
Cäcilie (“Cecilia”, Heinrich Hart)

Gustav Mahler
Ich atmet’ einen linden Duft (“Respiraba una suave fragancia”, Friedrich Rückert)
Das irdische Leben (“La vida terrenal”, texto anónimo, canción popular)
Maurice Ravel:
Kaddisch (« Canto fúnebre », Deux Mélodies Hébraiques, texto anónimo)
Manuel de Falla:
Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos (María Lejárraga)
Tus ojillos negros (Cristóbal de Castro)
Franz Lehàr :
Wann sagst du Ja? (“¿Cuándo me dirás que sí?”, Günter Schwenn)
Meine Lippen, sie Küssen so heiss (“Mis labios besan tan ardientemente”, de « Giuditta », Paul Knepler y Frizt Löhner) 
Francis Poulenc:
Nos souvenirs qui chantent («Cantan nuestros recuerdos », Robert Tatry) Les chemins de l’amour (« Los caminos del amor », Jean Anouilh)

Laia Falcón




































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Mahler y su tiempo.



Richard Strauss:
Zueignung(“Dedicatoria”, Hermann von Gilm)
Gustav Mahler
Ich ging mit Lust durch einen grünen Wald (“Caminaba alegre por un verde bosque”,texto anónimo, canción popular)
Erinnerung(“Recuerdo”,Richard Volkmann)
Alban Berg:

Die Nachtigall(“El ruiseñor”Theodor Storm)
Gustav Mahler
Blicke mir nicht in die Lieder (“¡No mires mis canciones!”, Friedrich Rückert)
Liebst du um Schönheit(“Si amas la belleza”, Friedrich Rückert)
Richard Strauss:
Cäcilie(“Cecilia”, Heinrich Hart)

Gustav Mahler
Ich atmet’ einen linden Duft (“Respiraba una suave fragancia”,Friedrich Rückert)
Das irdische Leben (“La vida terrenal”, texto anónimo, canción popular)
Maurice Ravel:
Kaddisch(« Canto fúnebre », Deux Mélodies Hébraiques, texto anónimo)
Manuel de Falla:
Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos(María Lejárraga)
Tus ojillos negros (Cristóbal de Castro)
Franz Lehàr:
Wann sagst du Ja?(“¿Cuándo me dirás que sí?”,Günter Schwenn)
Meine Lippen, sie Küssen so heiss(“Mis labios besan tan ardientemente”, de « Giuditta »,Paul Knepler y Frizt Löhner)
Francis Poulenc:
Nos souvenirs qui chantent(«Cantan nuestros recuerdos », Robert Tatry)
Les chemins de l’amour(« Los caminos del amor », Jean Anouilh)

Mahler y su tiempo.

Recital de voz y piano.

El arte de la melodía infinita

De la mano de Gustav Mahler el canto alcanzó una de sus más esbeltas y radiantes cimas. Aunque nunca llegó a escribir una ópera, su prodigiosa y conmovedora colección de obras para voz -poemas orquestales, sinfonías y, sobre todo, canciones de recital, como las que escucharemos esta noche- reluce hoy entre los grandes tesoros del patrimonio lírico: en el amanecer del siglo XX, cuando los teatros y auditorios de Europa se preparaban para huracanados tiempos de ruptura y experimento, la escritura de Mahler supuso uno de los últimos y más brillantes modos de entender la voz humana como un instrumento de vuelo, calidez y línea.



En la Viena de aquel cambio de siglo -dorado escenario de entusiasmo y búsqueda, donde las artes y las ciencias se enredaban en apasionadas tertulias y noches de insomnio- Mahler destacaba como un titán solemne y admirado: le fue encomendada la dirección de la Ópera Imperial –ya entonces una de las compañías más prestigiosas del mundo- y, como compositor, compartía con Richard Strauss el honor de haber llevado el colosal arte de Wagner hasta los más insospechados terrenos de expresión y magnificencia. Su ejemplo enmudecía a los fieros jóvenes de la vanguardia más radical, escandalosos autores como Arnold Schoenberg o Alban Berg, que acudían a su consejo con la callada emoción de quien visita a un sabio. Hasta las avenidas de la ciudad parecían a veces ruborizarse a su paso, entre suspiros y cuchicheos de cocheros y paseantes que, al verlo, contenían la respiración y señalaban con la mirada: “ése, ése era Gustav Mahler…”



El programa de esta noche propone un paseo por aquellas calles y salas de concierto: ese glorioso capítulo de la Belle Époque en el que Europa respiraba tranquila, entre inventos prodigiosos y desbordantes sombreros de plumas, feliz al estrenar un siglo nuevo tan lleno de maravillas y esperanzas. El mundo aguardaba ilusionado la botadura de una ciudad navegante llamada Titanic y el cine dejaba las barracas de feria para instalarse, con sus mudos héroes, en refinados teatros de luces y sombras. Por fin había terminado la terrible contienda franco-prusiana y nadie sabía aún de esa pesadilla desgarradora –llamada después Primera Guerra Mundial- que acechaba, como un monstruo rapaz, a la vuelta de la esquina. Los jóvenes artistas se reunían en cafés y buhardillas de toda Europa, entre nubes de humo y carpetas de bocetos, para tramar nuevos tiempos del punto y aparte: venían decididos a que las convenciones de forma volasen por los aires y a que una nueva fiebre de lienzos retorcidos y estridentes partituras se instalase en paredes y auditorios, retratando lo humano como ellos realmente lo veían.



Las canciones que vertebran la primera parte de este programa quieren recordar ese mundo de innovación musical: esa Viena del relevo de siglo que escuchaba a Mahler como un maestro incuestionable, capaz de reunir el legado del XIX con nuevas y desconcertantes armonías de cambio. El Postromanticismo de Mahler y Strauss -y, en cierto modo, también de su discípulo Alban Berg- heredaba de Wagner aquella melodía sinuosa y amplia que se entrelazaba hasta el infinito con los versos del poema: esa línea ondulante y espléndida, que ellos desarrollaron aún en un vuelo más flexible y expresivo, y que parece bailar en estos Lieder. Como homenaje a ese capítulo de cierre del universo romántico, hemos escogido, entre las más conmovedoras y visitadas canciones de estos tres colosos, piezas dedicadas a esa situación única y arrebatada que es la declaración de amor: encontramos así confesiones francas y triunfales, como en Liebst du um Schönheit, Zueignung y Cäcilie; vibrantes retratos del insomnio más apasionado, en Erinnerung o Die Nachtigall; y delicados juegos de cortejo en frescas noches de verano, tal y como nos canta la brillante Ich ging mit Lust… Sus melodías, tan sensuales y amplias, consiguen fundirse con nuevas texturas de innovación: aunque -en estricto pacto de honor con la belleza- encuentran siempre el más luminoso y aterciopelado despliegue para la voz, saben también jugar con extrañas brisas de cambio traídas por el piano, como anuncios de tiempos modernos que no temen a la disonancia ni a la atonalidad.



Gracias a adelantos como éstos, la música del siglo XX progresaría hacia nuevos mares de rareza e invención: poco a poco, Viena se iría convirtiendo en un fascinante y ajetreado laboratorio de números y líneas puntiagudas, una ciudad nueva donde las tardes de concierto pasaron a convertirse en ruidosas visitas a un planeta desconocido. Buena parte de la vanguardia austro-alemana se consagraría desde entonces a la ruptura total con las antiguas querencias del público y a la profunda búsqueda de un tipo de música que sonase distinto a todo.



¿Quería esto decir que aquel vuelo interminable de la hermosa melodía mahleriana había llegado a su fin? ¿Renunciaba el siglo XX a aquellas otras conquistas de belleza y emoción alcanzadas tras el Romanticismo? No, desde luego que no. Mientras las severas y humeantes escuelas de composición de Viena trazaban sus nuevas recetas, otros auditorios y teatros del mundo eligieron seguir viviendo en aquel envolvente arte del canto puro y la melodía cercana. La segunda parte de esta velada está dedicada al vínculo que esas otras escuelas de principios de siglo mantuvieron con la gloriosa línea postromántica defendida por Mahler: cotidianas visitas al folclore popular, a las escenas y las emociones más familiares y reconocibles y, por qué no, a esas canciones de fácil recuerdo que, - desde un nostálgico vals vienés o tras las cortinas de un café gaditano- ayudaron a hacer el siglo XX menos amargo y cruel.



Mahler amó profundamente las raíces folclóricas de su tierra; escenas de vida y de muerte que supo recoger en sus canciones con un lirismo delicado y, a la vez, sorprendentemente veraz: lo vemos en esa pieza asombrosa que es Das irdische Leben, donde, en una aldea asolada por el hambre, un pobre niño solloza a su madre por un trozo de pan que sólo llega cuando ya es demasiado tarde. Su estela vibra intensamente en canciones como Kaddisch de Ravel, ese canto fúnebre judío procedente de unas raíces a las que Mahler, para poder ser nombrado director de la Ópera de Viena, tuvo que renunciar públicamente. Y late también, sin duda, en esa pieza asombrosa que el joven Manuel de Falla compuso en 1914 sobre el conmovedor poema de María Lejárraga, cuando tantas madres rezaban de noche para que sus hijos no muriesen en las garras de la guerra.



Aún en este universo de lo popular, el amor por aquellas melodías de vuelo ágil y esbelto se mantuvo también en otros barrios: brillantes mundos de abanicos y burbujas, consagrados al canto romántico, de línea envolvente y pegadiza hasta lo imposible. Ésta fue, sin duda, el alma de esa otra Viena coetánea a Mahler: la de las noches de opereta y vals, representadas aquí por el espíritu inconfundible de Lehàr, con sus vivas canciones, exuberantes y nostálgicas como grandes ramos de rosas. El siglo XX crecería también con estas melodías, venidas de la radio, del cine y de vaporosos teatritos de risas y lágrimas. Muchas ciudades heredaron su pasión, manteniéndola en versiones propias de este canto infinito, suave y ondulado: las décadas se irían engarzando y el mundo cambiaría aún mil veces, pero -así nos lo confiesan Tus ojillos negros o esos dos últimos valses de Poulenc con los que se despide este recital- la memoria volvería una y otra vez a aquellas canciones de antes, de melodía amplia y recuerdo imborrable.
Laia Falcón