27.9.11

La hora de Elektra.

La hora de Electra 

Construcción literaria y musical de los personajes de “Elektra” de Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal
Por Laia Falcón

Retumban las paredes

Es su hora,
la hora en que aúlla por su padre,
y en que retumban todas las paredes.”

(“Elektra”, inicio del acto único, 1909)



Brillantes literatos se han divertido al pensar en cómo saldríamos adelante si una mañana, al despertar, nos hubiesen sido robados todos los espejos. Absolutamente todos, sin excepción ni remedio, en un nuevo lunes en que de repente, tras apagar el despertador y salir al mundo, no tuviésemos ya ni una sola superficie, ni una sola, a la que asomar nuestra mirada para reconocernos. Quizás ese día, apremiados por tener que llegar a los compromisos del trabajo, terminaríamos superando la primera confusión y buscaríamos el modo, guiados por nuestra inercia de gesto, para poder salir a la calle medianamente afeitados o maquillados, vestidos y peinados. Los que viviesen en compañía podrían ayudarse entre sí y los que no, casi seguro, terminarían recibiendo algún aviso solidario al ir llegando a las paradas de autobús, oficinas y mercados: coloretes peligrosos y corbatas desorientadas irían volviendo poco a poco a la normalidad y podríamos desempeñar casi todas nuestras tareas con relativa independencia del misterioso incidente. Sin embargo, a medida que la maldición se prolongase (en días, en meses, en años), la pérdida de una imagen en la que buscarnos y comprobar nuestros cambios y permanencias se convertiría en un grave asunto. Tendríamos entonces que reinventar nuestros hábitos de fachada y, más importante, buscaríamos nuevos modos para que cada cual pudiese reconocer cómo es (o cómo está siendo), porque no se puede estar eternamente sin saber de uno.
Algo parecido –ayudarnos a reconocernos, como especie e individuos- hacen por nosotros los mitos: los personajes y relatos que, desde el alba de la Historia, llevan trazando nuestros poetas para dejar buena cuenta de quiénes somos. De qué queremos, qué nos mueve, qué nos pierde, qué nos enciende. Siglo tras siglo, los mantenemos en lugares estratégicos de nuestras paredes, legándolos de abuelos a nietos, como superficies fiables en las que encontrar lo que nos iguala a todos por humanos y lo que nos distingue (por humanos también), en un prodigioso catálogo de variantes y formas de sentir y pensar. Tal es la importancia de estos espejos literarios, que cada generación cuida los mitos que mejor la reflejan y los reescribe y adapta a su medida, para poder mirarse y reconocerse en su momento, con sus palabras y ropas. De este modo, los mitos nos acompañan y nos avisan con su saber acerca de los errores, las guerras, el amor y la risa, velando por que sepamos reconocer a los quijotes y don juanes, a las traviatas y celestinas, a los otelos y madres coraje que pueblan nuestros periódicos del día, calles cotidianas y rincones del alma.

Como en una fiesta de sabios, cada uno de estos personajes va recitando su descubrimiento, absorto en el tema en que se sabe autoridad: los celos, la duda, la lealtad, la codicia, el valor… esperando a que queramos preguntarles, los mitos deambulan por nuestros teatros y estanterías, preparados para reaccionar y pasarnos sus reflexiones en cuanto queramos pedir su opinión. Sensibles conocedores de esta longeva alianza entre mitos y humanos, no es raro que, en plena y difícil construcción del puente entre los siglos XIX y XX, Hofmannsthal y Strauss quisiesen recuperar el canto de Electra: en un capítulo histórico, el de la Europa del fin de siècle, sumido en la decadencia de un pasado irrecuperable y el impulso por adentrarse en nuevos mundos y lenguajes, la titánica y asfixiante tensión de la joven vengadora de Agamenón resultaba casi hipnótica.

Al repasar la elección del tema por parte de los autores de esta ópera, es emocionante recordar que, ya de niño, el estudiante Richard Strauss había compuesto unas páginas inspiradas en el duelo de Electra (torpemente desalentadas, por cierto, por algún adulto falto de miras), sin poder saber que, décadas después, tras conocer la versión teatral de Hofmannsthal, volvería a rescatar al personaje homérico para planear su ópera más extrema y vanguardista: una obra con la que continuar el nervio vibrante e impetuoso de la escandalosa pero aplaudida “Salome” y llevarlo a sus últimas consecuencias de experimentación expresiva. Entonces, a finales de la primera década del siglo XX, Strauss era ya aclamado como el gran titán postwagneriano y había acostumbrado al público a una polémica y desinhibida elección de poemas y obras teatrales para sus canciones y óperas: tras su libreto de “Guntram”, tachado de amoral por parte de algunos, había compuesto sobre la estricta traducción alemana de la “Salome” de Oscar Wilde y publicaba canciones sobre poemas de autores también incómodos por su visión del amor o la política, como Henckell, Dehmel o Panizza. Ni el terrible retrato de la tirana Clitemnestra ni la obsesiva determinación matricida de Electra y Orestes suponían mucho escándalo ya para el compositor bávaro.

Como implacable ensayo reflexivo sobre el infierno de la venganza, la guerra y el poder conseguido a filo de hacha, la “Elektra” de Hofmannsthal y Strauss retrata un mundo de insomnio y seres que reptan en vez de caminar, de punzantes pesadillas y recuerdos que muerden el alma para mantenerla siempre al acecho. Un reino agotador, de olores putrefactos, sangre seca y aullidos, que no cree en la posibilidad del reposo. Formal y técnicamente no hay descanso en esta obra, estructurada en un único acto de brío casi constante y concebida como una maratón para las voces y el foso: desde que empieza hasta que termina lo que aquí ha de ser contado, la cantante protagonista apenas podrá tomar resuello, la orquesta no cesará en sus oleadas de vendaval enfurecido y misteriosa alerta y el público no abandonará ya las butacas hasta que el telón vuelva a caer.

Tras las versiones clásicas de Esquilo, Sófocles, Eurípides y Séneca, el duelo de Electra había dado origen a más de veinte grandes obras de teatro y unas diez óperas de colosos como Mozart, Scarlatti o Cherubini. De la mano de Hofmannsthal y Strauss, apenas cinco años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial...